Coburgo es una ciudad pequeña con una silueta desproporcionada: una fortaleza enorme en lo alto de la colina y, abajo, un centro histórico que se recorre entero en un par de horas. Eso decide el plan casi solo. Lo que sigue es qué ver, en el orden en que se camina.
El punto de partida lógico es el Coburg Altstadt, el casco antiguo. Es peatonal, con casas de entramado de madera y fachadas pintadas alrededor de la plaza del mercado, y tiene la ventaja de que todo lo demás sale de aquí. A un lado queda el Albertsplatz, la plaza que lleva el nombre del príncipe Alberto, el hijo de la casa ducal de Coburgo que acabó casándose con la reina Victoria; esa conexión británica es la razón por la que una ciudad de este tamaño tiene los palacios que tiene.
Uno de ellos está a pocos minutos: el Ehrenburg Palace, la residencia de los duques dentro de la ciudad, con su fachada neogótica asomando al Schlossplatz. La plaza es amplia y abierta, un contraste deliberado con las calles estrechas que acabas de dejar atrás, y en ella está la estatua ecuestre del duque Ernesto II.

A partir de aquí el recorrido sube. Se pasa por el Naturkundemuseum, el museo de ciencias naturales, y se entra en la zona de la fortaleza por el Burgtor & Burgmauer, la puerta y el tramo de muralla que marcan el cambio de ciudad a castillo. Arriba está la Veste Coburg, una de las fortalezas mejor conservadas de Alemania y el motivo por el que mucha gente viene: Martín Lutero se refugió aquí durante meses, y el conjunto de murallas, torres y patios se recorre sin prisa. La Bärenbastei, el bastión del oso, es el sitio desde el que se entiende la altura a la que estás.
Lo que no aparece en la mayoría de las listas son los tres rincones escondidos de la ruta. El Kriegerdenkmal, el monumento a los caídos, queda apartado del flujo turístico. El Labyrinth. Kunst im öffentlichen Raum es una obra de arte público que se cruza sin verla si nadie te avisa. Y, ya arriba, el pequeño espacio de Infos & Museumsladen dentro del recinto.

El orden importa más de lo que parece. Si subes a la Veste primero, bajas cansado y el casco antiguo se queda en un paseo rápido; si lo haces al revés, la subida llega con las piernas frescas y el mirador funciona como final. La ruta autoguiada de Coburgo encadena estas paradas en ese orden, del casco antiguo al bastión, así que no tienes que decidirlo sobre la marcha.
Dos apuntes prácticos: la subida a la fortaleza es continua y en parte empedrada, calzado cómodo obligatorio; y conviene reservar la parte alta para cuando haya luz, porque las vistas sobre los tejados son la mitad del motivo por el que se sube.

